Cartagena

El camino a Cartagena era largo (686 km) y sinuoso. El miércoles sólo pudimos hacer 137 km., la noche nos agarró en Santa Rosa de Osos. Comimos y dormimos en un parador de camiones junto a la ruta. A la mañana siguiente salimos bien temprano, a las 7.15 Pato ya estaba frente al volante. Los demás dormimos un poquito más.

A la tardecita frenamos en el pueblo de Sampués donde hay muchos puestitos de artesanías llenos de carteras, bolsos y pulseras. Yo tenía ganas de comprar varias carteras para vender. Eran muy bonitas y costaban unos 12 usd. Pero luego de elegir unas cuantas me di cuenta de que no contaba con efectivo y el pueblo no tenía cajero, tampoco aceptaban tarjeta de crédito, así que ahí quedaron las carteras. Los chicos tuvieron más suerte. Salieron con $10.000 (3,50 usd) y luego de regatear un poco consiguieron comprar 12 pulseritas para vender en Cartagena.

La ruta es bellísima y el día se pasó bastante rápido. Los últimos 300 km fueron con menos pendiente y pudimos agarrar un poco de velocidad. Así y todo, terminamos haciendo un promedio de 50 km/h.

Llegamos a Cartagena a las 9 de la noche. Paramos a comer unos waffles y fuimos directo para el lugar donde estaban los compatriotas que habíamos contactado por Whatsapp. Cuando llegamos a la zona del Laguito, al lado del Hilton, nos sorprendimos al ver la cantidad de patentes argentinas. Había como 7 vehículos de toda clase, desde una EcoSport hasta colectivos Mercedes 1114. Había 5 niños! Los chicos estaban contentos, iban a poder jugar con otros chicos y en el mismo idioma! En total eran como 30 personas y habían hecho un gran asado para todos. Ya nos sentíamos un poco más cerca de casa.

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Lo que no sabíamos es que hace mucho calor en Cartagena. Esa noche nos fuimos a dormir muertos de calor pero el cansancio pudo más. A las 4:30 de la mañana nos despertamos empapados sobre las sábanas, no corría el aire y costaba respirar. Pato puso en marcha la camioneta para poder prender el aire acondicionado y así seguimos hasta las 9 de la mañana. Era tal el cansancio que el motor no molestó durante esas 5 horas de sueño.

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El viernes, luego de desayunar, Pato se fue con un grupo a arreglar con Enlace Caribe todo el tema del cruce a Panamá. Volvió al rato muy contento porque Panchita no iba a viajar en RoRo (hay que dejar las llaves para que lo conduzca gente de la naviera), como él creía sino en un flat rag (contenedor sin paredes ni techo donde uno lo deja cerrado y lo retira en Panamá, no hay que dejar llaves). Fue todo un alivio este hallazgo ya que no había que hacer ninguna modificación a Panchita para evitar robo de pertenencias que son muy común en el sistema RoRo.

Aprovechamos el día para lavar ropa, ir al súper y a la tarde “refrescarnos” en el mar. Por primera vez estábamos en las aguas cálidas que tanto deseábamos. Con el calor que hacía hubiéramos preferido un riacho en el sur.

Por la noche fuimos al centro histórico, al que llaman la Ciudad Amurallada. Está rodeada por una muralla de 15 mts de ancho. A los españoles les llevó 200 años hacerla y pudieron usufructuarla sólo 25, cuando la ciudad obtuvo su independencia. El centro es bellísimo. Todas construcciones coloniales iluminadas con farolas y música caribeña sonando en cada esquina mientras carruajes tirados por caballos tratan de abrirse paso entre los caminantes.

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Lo único malo de Cartagena es el clima, hace mucho calor. Tal vez si uno se hospeda en un hotel con aire acondicionado la cosa es distinta. Pero regresar a Panchita a las 6 de la tarde, abrir la puerta y sentir el aire caliente que sale de adentro es agobiante.

Al día siguiente fuimos con Mariana y Plácido (Livre Partida), una pareja de brasileros que van a hacer el cruce a Panamá, a ver un barco que cruza viajeros. Nos encontramos con Jules, su capitán y con Sancho Panza, un cachorrito muy marino que saltaba entre los gomones como si estuviera en tierra firme. Llegamos al barco y estaba muy desordenado. Eso no es un buen indicio de buen navegante, siempre son muy puntillosos y ordenados. Jules nos dijo que estaba haciendo trabajos de mantenimiento y todo iba a estar listo y presentable la semana próxima. Pato inspeccionó el barco en detalle. Vio el motor y aconsejó cambiar una correa a la que le faltaban unos dientes. El barco estaba ok. Ahora teníamos que arreglar el precio. Pato le recalcó que no éramos los típicos gringos que viajan pensando que están en un crucero, esperando que los atiendan, que teníamos conocimientos de navegación e íbamos a ayudarle en el trayecto. Finalmente aceptó llevarnos por 1600 USD (en un principio nos pedía lo mismo que todos, 2100 USD). Era un poco más de lo que nos costaban los aéreos y las 4 noches de hotel, pero la diferencia lo justificaba. Todos contentos volvimos a tierra y comenzamos con los preparativos.

Ya estaba arreglado lo más importante. Podíamos relajarnos, descansar en la playa y conocer Cartagena. Pero era tan lindo estar acompañados y los chicos se divertían tanto con los demás niños que no salimos demasiado de nuestro camping argentino.

Estaba la familia de Mucha Luz por América, Flor y Norberto con sus tres niñas, Nahiara (10), Abril (8) y Juana (6) que salieron a mediados de diciembre de San Martín de los Andes en un Mercedes 1518. Las chicas jugaban mucho con Emma y también con Lucas, mientras con Flor nos reíamos compartiendo nuestras desagradables experiencias docentes.

También estaban Majo y Nachi, con sus dos hijitos, Delfi (4) y Fermín (2). Siempre me parece admirable las familias con niños pequeños. Cuando me acuerdo lo revoltosos que eran los nuestros. Ellos viven también en la zona norte de Buenos Aires y se movían por los mismos lugares, teníamos mucho en común.

Después había muchas parejas, pre y pos hijos. Veinteañeros como Sofi y David, viajando en un Renault 12. O como Mariana y Plácido, dos brasileros muy macanudos, con lo que íbamos a cruzar a Panamá, que viajaban en una Land Rover. También estaba Maxi que viajaba junto a su perra Chacha en una EcoSport. Por el lado de los post hijos, estaban Carlos y Lili, quienes viajaban junto a su padre de 80 años desde el Bolsón, en un Mercedes 1114, originalmente construido para llevar esquiadores a la Hoya.

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Pese a los años y a las distintas circunstancias, éramos todos iguales, viajeros soñadores con ansias de descubrir lugares y hacer amigos. Y así se iban armando todas las noches cenas multitudinarias, muy divertidas, en donde todos contábamos nuestras anécdotas, qué nos impulsó a hacer el viaje, cómo lo planeamos, cómo lo tomó cada familia. Teníamos mucho en común.

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Un chaparrón refrescante
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Cargando agua en los bomberos
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Castillo de San Felipe de Barajas
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Entrando al puerto para dejar a Panchita
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Un comentario en “Cartagena

  1. Hola Familia!! Cómo están? Estamos viendo que lo están pasando muy bien, junto a varias familias argentinas y nos alegramos que así sea. Muy lindas las fotos y muy linda se la ve a nuestra ex casa paseando junto a ustedes.
    Sigan disfrutando y pasándolo muy bien, abrazos.

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