Ciudad de México

Luego de dos días de viaje y muchos kilómetros recorridos llegamos a Tpoztlan, 80 km. antes del DF. Un pueblito con calles de adoquines, cercos de piedra y matas de flores por todos lados. Es otoño en México pero aquí parece primavera. Este pueblo mágico, se encuentra en el estado de Morellos, muy bonito por sus montañas y lagos. Nos recomendaron ir a Parque Natural las Estacas y las lagunas de Zempoala, pero no teníamos mucho tiempo y preferimos quedarnos con nuestros amigos, Martín y Priscila. Ellos tienen un terreno en la zona y allí dejaríamos a Panchita mientras visitamos la Ciudad de México.

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Un par de días nos quedamos en la casa de los papás de Priscila, Susy y Mario. También viven con ellos su hermano Edher con su novia Adriana y sus dos perras, Sol y Luna. Fueron unos días muy lindos de grandes asados y charlas divertidas, bien a lo mexicano. Nos hicieron conocer los platos típicos, riquísimos.

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Los chicos, especialmente Emma, jugaron mucho con Greta, la hija de Martín que tiene la misma edad. Se divirtieron en grande disparándose dardos y zambulléndose en el agua helada de la pileta. Lucas mientras tanto trataba de no ser atacado por Sol, una perra salchicha con personalidad de pitbull. Lucas no le caía bien. El no la perdía de vista en ningún momento, era divertido verlo siempre atento. Cuando se le acercaba miraba para otro lado para no provocarla… Con el paso de los días se hicieron amigos y Lucas pudo relajarse.

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En la ciudad de México, nos quedamos en la casa de Martín, Greta nos prestó su cuarto. El tiene un restaurante y un club de jazz llamado “Casa Franca”. Por las noches lo acompañamos al laburo, muy bueno ese trabajo! El lugar está bien paaaaadre, como dicen los mejicanos. Una casa antigua de varios salones excelentemente ambientados en donde cada noche toca una banda distinta. El viernes estaba lleno y el sábado tuvieron que cerrar la puerta porque ya no entraba más nadie.

Una tarde fuimos al cine a ver una película 4D, “Mi amigo el dragón”, muy emotiva. Las butacas se movían siguiendo la trama, ráfagas de aire llegaban a nuestras caras y cada tanto el asiento te daba un golpe en la espalda. Los chicos salieron encantados.

El domingo por la tarde fuimos a La Marquesa, un lugar en las afueras de la ciudad que recuerda a un pueblito montañoso suizo pero con toques latinos. Allí comimos tacos azules con chorizos verdes. No es que tengan colorante, el maíz es de ese color y el chorizo se tiñe con las hierbas que le agregan en su cocción. Emma por supuesto no comió nada. Es un tema la comida con ella. No le gusta casi nada local, sólo comida chatarra, nuggets y hamburguesas si son de McDonalds, es una pelea constante hacerla comer. En La Marquesa se puede andar a caballo, deslizar en tirolesa, caminar sobre largos puentes colgantes, dar unas vueltas en cuatri. Pris y los chicos optaron por los caballos.

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El lunes, aprovechando que Apa no trabajaba, nos juntamos con Marto, el amigo en común gracias a quien nos conocimos, él también vive en el DF. A los chicos les dijimos “si no fuera por él uds. no estarían aca”. Disfrutamos de una rica cena recordando viejos tiempos. Pasaron muchos años desde la última vez que nos vimos. Pero acá estábamos, todos haciendo lo que nos gusta, viviendo nuestros sueños, lo que anhelábamos entonces.

Y así pasó la semana, acompañados de gente querida, comiendo cosas ricas y recordando anécdotas de un pasado muy lejano.

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